Leonidas y sus 300 espartanos, la Batalla final

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La batalla va a comenzar.

Los defensores se disponen para hacer frente a la primera arremetida persa. Los soldados veteranos se sitúan en las primeras filas para aguantar la embestida inicial del combate. La experiencia es un grado, y más en tales circunstancias.

El pesado equipo de los espartanos supone un muro frente al avance del enemigo. Los yelmos apenas dejan un resquicio por el que adivinar la incompasiva mirada del hoplita, único atisbo de humanidad tras la impenetrable coraza. Una visión aterradora para los persas.

El escudo, principal arma de los espartanos (‘Vuelve con él o sobre él’, les decían las madres a sus hijos antes de partir a la batalla) defiende el flanco derecho del compañero, del hermano de armas.

Finalmente, las sarisas (lanzas de largo alcance de más de cuatro metros de longitud) de los griegos resultan letales ante la fragilidad de las armaduras y defensas de los asiáticos. Pero los de Jerjes son decenas de millares. Demasiados hasta para los avezados hombres del ‘León de Esparta’.

Empieza el primer asalto. Los persas avanzan con decisión. De pronto, los griegos se marchan. En realidad simulan una retirada. De esta forma, los confiados persas se lanzarán en su persecución convencidos de una victoria fácil. Han mordido el anzuelo.  La maniobra, tan antigua como eficaz, ha dado sus frutos. Los griegos se dan la vuelta, contraatacan y cogen desprevenidos a las sorprendidas huestes de Jerjes, las cuales son diezmadas en el tramo central del paso tras la inesperada estratagema helena.

Los hoplitas griegos son una auténtica máquina de triturar y en unas horas miles de cuerpos enemigos aparecen masacrados en el campo de batalla. El telón del acto inicial cae con un halo de esperanza para los hombres comandados por Leónidas, que empiezan a creer que algo más que una muerte honorable es posible.

Furioso, en el segundo día, Jerjes manda a sus tropas de élite, los Diez Mil Inmortales, así conocidos porque cada efectivo caído era reemplazado de inmediato, de forma que el número siempre permanecía intacto.

Pero aquellos que luchan por su libertad no se arredran y allí esperan, firmes, a sus nuevos contendientes. Los Inmortales de Jerjes, los mejores de entre los mejores de su ejército, arremeten contra el muro heleno. Pero el paso es una ratonera. Los griegos los aplastan contra la montaña, los arrojan por el acantilado a un  mar que se une a los aliados engullendo en el abismo los cuerpos de los caídos. Los Inmortales se hacen más mortales que nunca ante las espadas y las lanzas de sus verdugos, las cuales traspasan la carne de sus enemigos como si se tratara de mantequilla. Son realmente los espartanos quienes se muestran invencibles. Aparentemente, las heridas sufridas no les causan daño alguno ya que la sangre se confunde con el color carmesí de sus capas.

Amanece un nuevo día y Jerjes está decidido a tomar el paso de una vez por todas. Se juega el todo por el todo, ya que una nueva derrota podría suponer un golpe demasiado duro para la moral de sus tropas. Pero la motivación no es la misma. Los persas combaten obligados por su rey en un país extraño. Los griegos, sin embargo, son hombres libres que luchan por su tierra. Combaten como máquinas, como demonios que no dan cuartel convirtiendo en una carnicería cada ataque persa.

Los ejércitos vuelven a chocar y la historia se repite. Los griegos apenas sufren bajas gracias a su férrea disciplina táctica y su coraje. Enfrente de ellos, miles de cadáveres persas son devorados por los buitres. El aire, cada vez más viciado, se hace irrespirable. Todo el paso transpira un hedor a muerte.

Derrotado, Jerjes empieza a sopesar la idea de volver a casa. Él, monarca de medio mundo, humillado por un puñado de locos fanáticos de su patria, tendría que volver con las manos vacías y el anhelo insatisfecho de hacerse con el poder de toda la Hélade.

Pero entonces, en aquel momento crucial, sucedió algo que supuso un giro inesperado de los acontecimientos. De hecho, y según relata la historia, marcó el devenir de la batalla. Un lugareño llamado Efialtes (en griego, efialtis significa pesadilla) le mostró al rey de Asia un paso secreto a través del monte Calidromo, bajo cuya sombra se parapetaban Leónidas y los suyos. De esa forma, podrían coger a los griegos por sorpresa. Advertido de la situación, el rey de Esparta licenció a todos los hombres a excepción de su guardia personal, los 300 espartanos y de los tebanos, de cuya lealtad dudaba. Efectivamente, aquellos temores no eran infundados. Cuando fueron emboscados y el cerco comenzó a estrecharse en torno a los griegos, los tebanos no dudaron en decantarse del lado persa rindiéndose a los invasores.

Sin embargo, Leónidas y sus 300 espartanos resistieron hasta el final. Junto a ellos se quedaron Demófilo y sus 700 tespios, quienes decidieron luchar hombro con hombro junto a los espartanos hasta que pereciera el último hombre, pues tal era su valor y fidelidad a la causa. Así, Tespia y Esparta quedarían inmortalizadas, unidas, para la eternidad.

Se acerca el final de la batalla. Los persas descienden por la senda indicada por el traidor. Las tropas de Jerjes consiguen sitiar a los pocos hombres que aún defienden el paso y se cierran sobre ellos como una pinza. Los griegos ya no pueden defender las Termópilas y se lanzan al ataque con un objetivo; Morir matando.

La lucha es encarnizada, Leónidas y los suyos se mueven como un solo hombre y cada estocada acaba con un enemigo mordiendo el polvo. Luchan con valentía, pero detrás de cada persa viene otro. Y otro. Y otro.

Las fuerzas comienzan a mermar después de cuatro días de intensas luchas. Una flecha alcanza a Leónidas. El rey se desploma entre el tumulto. Sus hombres le protegen. Recogen su cuerpo y se retiran a una pequeña elevación del terreno. Se encuentran rodeados pero no están dispuestos a entregar el cuerpo de su rey.

Por fin, Jerjes, hijo de Darío, empieza a saborear la tan ansiada victoria, la culminación del sueño de su padre. No quiere perder más hombres y manda a llamar a los arqueros. Los escasos supervivientes del contingente aliado, diezmado por las bajas, no se rinden. Una lluvia de proyectiles cae como fuego lacerante sobre los últimos, valerosos, tenaces, defensores de las Termópilas. Poco a poco, los cuerpos de los griegos se van desplomando sobre un suelo que ya no puede filtrar más sangre. Por fin, caen las Termópilas.

Aquellos hombres murieron en defensa de su independencia y en contra de la opresión y de la tiranía. Pero la Hélade viviría. Ganaron un tiempo precioso que resultaría fatal para los intereses del rey Jerjes. Los griegos se reagruparon y derrotaron a los persas.

Primero, en la batalla naval de Salamina, en la que la flota helena venció a las naves del rey de Asia. Posteriormente, en los campos de Platea, donde los espartanos comandaron el ejército de la Liga Panhelénica, dando el golpe definitivo a los persas, quienes definitivamente abandonaron la idea de conquistar aquella tierra de griegos.

 

Hoy día, en la carretera secundaria que une Lamía con Atenas bordeando el Calidromo, casi obsoleta tras la construcción de la nueva autopista, hay un monumento que recuerda el valor y la entrega de aquellos hombres que dieron la vida por la libertad de su patria. A escasos metros, en la cima en la que cayeron los últimos héroes de Termópilas, pervive una placa conmemorativa con un epígrafe que, tal y como escribió el poeta Simónides, reza así: ‘Caminante, ve y dile a Esparta que sus Hijos cayeron en cumplimiento de sus Leyes’. La parada, si no obligada, merece la pena.

Las Termópilas

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José María Hernández de la Luna

José María Hernández de la Luna

José María Hernández de la Luna

Periodista español, viajero empedernido de Grecia y uno de los mayores helenistas y amigo de lo griego (filelinas) que jamás haya existido, posee un vasto conocimiento del paisaje y la historia del país heleno. Ha colaborado con numerosos medios de comunicación de Grecia y España, de entre los que destacan FOX, National Geographic, OBS, ERT, Thessalia, Alpha, Cope, El Mundo, Punto Radio, Sky Radio, Makedonía, FOS, 3Tréboles y TVE, entre otros. Naturalista apasionado, trabaja en la defensa y la divulgación de la vida salvaje y la cultura tradicional. Director y co-productor del documental sobre Meteora ‘Monjes en nidos de águilas’ y autor de un libro de recetas de cocina griega. Destaca también su faceta como narrador en la cobertura de eventos deportivos, además de haber desempeñado una importante actividad en el campo empresarial haciendo de puente entre empresas españolas, griegas y chipriotas, incluyendo el sector de las exportaciones comerciales, organización de eventos y la colaboración activa con entidades deportivas.

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Leonidas y sus 300 en las Termópilas

Agosto del año 480 a.C. Los persas han llegado al desfiladero  de las Termópilas, el angosto brazo de tierra que separa la libertad de los griegos que aún resisten al invasor de la tiranía a la que ya han sido sometidos los pueblos al norte del desfiladero.

Frente al enemigo se apostan los aliados comandados por el rey espartano Leónidas. Es la segunda gran batalla de las Guerras Médicas que durante medio siglo enfrentaron a griegos y persas.

Diez años antes, los griegos habían derrotado a las huestes del rey Darío en Maratón.

Ahora, Jerjes, el nuevo monarca del Imperio Persa, se dispone a retomar el plan de su padre. El contingente asiático, un formidable ejército formado por tropas de cincuenta nacionalidades, cruza el Helesponto y llega a Europa. Jerjes comienza su incursión en tierras helenas desde el norte y los griegos se ven obligados a reunirse, soliviantar sus interminables disputas internas y hacer frente común ante la amenaza externa.

El rey persa, junto con la caballería y la infantería, avanzan por tierra hacia Tesalia mientras su flota le acompaña rumbo sur por las aguas del Egeo. Dado que sus fuerzas eran muy inferiores en número, los griegos debían perpetrar un plan para aumentar sus ya de por sí escasas posibilidades de victoria ante tan poderoso contrincante.

De este modo, se reunieron en el istmo de Corinto y decidieron buscar un lugar en el que la situación geográfica supusiera una desventaja para los persas y de esta forma tratar de equilibrar la balanza. Así, una vez detenido el avance del ejército persa, la impaciencia de Jerjes le llevaría a atacar por mar donde los griegos podrían aprovechar su conocimiento de las aguas y su destreza en el manejo de las naves para infligir una derrota a los persas que a la postre resultaría definitiva.

Así pues, la flota helena esperaría cerca del cabo Artemisio, al norte de la isla de Eubea, mientras que un contingente de infantería defendería el paso de las Termópilas (Puertas Calientes), así llamado por la existencia de fuentes termales sulfurosas en la zona.

En la actualidad, el lugar dista mucho de ser lo que era entonces, ya que los aluviones depositados por el río Esperquio han desplazado la línea de costa varios kilómetros hacia el este. Pero por aquel entonces, el paso tenía una longitud de unos 6 kilómetros de largo y en determinados tramos presentaba unos estrechamientos que solo permitían el paso de un carro. Los aliados se apostaron en el tramo central, parapetados junto al antiguo muro focense.

Por su parte, los espartanos se encontraron ante la difícil tesitura de elegir entre acudir a la contienda o respetar el carácter sagrado de su festival religioso que coincidiría en aquellas fechas. Finalmente determinaron no enviar al ejército hasta que finalizara dicho periodo.

Pero en Esparta el rey Leónidas, quien había dado su palabra al consejo aliado de que su pueblo respondería a la llamada de Grecia, decidió marchar junto con su guardia personal encabezando el contingente aliado, al que se unirían guerreros peloponesios, tespios, focenses, locrios, y tebanos, estos últimos a la fuerza, pues los aliados desconfiaban de sus continuos flirteos con el persa.

En total, unos 6000 hombres frente al inconmensurable ejército asiático. Si bien las cifras del historiador clásico Heródoto nos hablan de un número exagerado de la armada invasora, estudios más cercanos a la realidad calculan que las tropas de Jerjes podrían oscilar de los 200.000 a los 400.000 hombres. Toda Asia frente a un puñado de griegos.

Probablemente, Jerjes pensó que ante la imponente visión de su ejército, los aliados titubearían y acabarían por retirarse del paso. Así, subestimando su coraje, envió un mensajero que invitaba a Leónidas y sus hombres a rendirse y deponer las armas. ‘Moloon labé’ (venid a buscarlas) fue la respuesta del rey de los lacedemonios. El reto está servido y la batalla era inminente.

Los espartanos aprovechan las horas previas a la lucha para peinarse y ejercitarse ante los atónitos ojos de los persas, quienes no comprendía la aparente calma de sus adversarios.

Pero los hijos de Esparta llevaban tiempo preparándose para esto. Toda la vida, desde la agogé, esto es, la escuela en la que se educaban los niños espartanos. Desde los tres años, entrenándose por y para la guerra, parte intrínseca de a vida del orgulloso espartíata. En la mente no hay sitio para el miedo, solo una disciplinada preparación para el ataque.

Un ataque metódico, constante, implacable. Y los persas lo iban  a sufrir en sus propias carnes. Es tal el compromiso del espartano con el grupo, con su país, que llega casi al desprecio de la propia vida.

Se cuenta que, cuando un emisario persa fue enviado a los defensores de las Termópilas para amedrentarle con el poderío de sus arqueros, ‘hoy nuestras flechas oscurecerán el Sol’, un soldado espartano replicó, ‘tanto mejor, entonces pelearemos a la sombra’.
La batalla va a comenzar.

Las Termópilas

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José María Hernández de la Luna

José María Hernández de la Luna

José María Hernández de la Luna

Periodista español, viajero empedernido de Grecia y uno de los mayores helenistas y amigo de lo griego (filelinas) que jamás haya existido, posee un vasto conocimiento del paisaje y la historia del país heleno. Ha colaborado con numerosos medios de comunicación de Grecia y España, de entre los que destacan FOX, National Geographic, OBS, ERT, Thessalia, Alpha, Cope, El Mundo, Punto Radio, Sky Radio, Makedonía, FOS, 3Tréboles y TVE, entre otros. Naturalista apasionado, trabaja en la defensa y la divulgación de la vida salvaje y la cultura tradicional. Director y co-productor del documental sobre Meteora ‘Monjes en nidos de águilas’ y autor de un libro de recetas de cocina griega. Destaca también su faceta como narrador en la cobertura de eventos deportivos, además de haber desempeñado una importante actividad en el campo empresarial haciendo de puente entre empresas españolas, griegas y chipriotas, incluyendo el sector de las exportaciones comerciales, organización de eventos y la colaboración activa con entidades deportivas.

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Receta de Mayiritsa o Sopa de Pascua

¿Qué es la Mayiritsa o Sopa de Pascua griega?

La mayiritsa es el guiso por antonomasia de la Pascua griega, consistente principalmente en una sopa de asadura de cordero que se adereza con eneldo, pimienta y una solución de huevo y limón llamada avgolémono.

La tradición marca que el plato se ha de tomar justo tras la medianoche del sábado al domingo, cuando las familias regresan a casa con las velas prendidas con la Luz Sagrada.

Al tratarse de una vianda típicamente casera, existen numerosas variaciones dependiendo de cada zona y hogar. Sin embargo, siempre se mantiene una base muy identificable, lo que, unido a las connotaciones que rodean la preparación y toma del guiso, convierten a la mayiritsa en uno de los platos más singulares del recetario gastronómico heleno.

En esta ocasión la receta tradicional y las fotos que acopañan han sido cortesía de la madre de Afroditi, periodista griega, en esta Pascua ortodoxa y de primera mano para nuestro blog. Gracias, mama de Afroditi y gracias a tí Afroditi por regalarnos este momento tan especial y familiar.

Ingredientes

Asadura de cordero (hígados, riñones, pulmón,…)
200 gr. De intestinos de cordero
5 cebolletas
1 vaso de arroz
1 lechuga picada
3-4 huevos
Abundante eneldo fresco picado
4 limones
Aceite de oliva, sal y pimienta

Receta de la Mayiritsa

Se lavan bien la asadura y los intestinos. Se hierven en agua abundante quitando la espuma durante media hora. Se lavan de nuevo y se cortan en trocitos pequeños. Se pica la cebolleta y se fríe en una cacerola junto con las vísceras y la lechuga, tras haber sido escaldada previamente. Se hierve todo durante media hora a fuego lento y se añade el arroz. Salpimentamos y dejamos cocer otros quince minutos. Se baten las yemas de huevo con el zumo de tres de los limones y se va añadiendo poco a poco a la cocción, que no dejaremos de remover. Seguimos removiendo durante varios minutos. Añadimos el eneldo y exprimimos el jugo de los dos limones sobrantes.

Servir de inmediato.

Reportaje fotográfico de la elaboración

José María Hernández de la Luna

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Periodista español, viajero empedernido de Grecia y uno de los mayores helenistas y amigo de lo griego (filelinas) que jamás haya existido, posee un vasto conocimiento del paisaje y la historia del país heleno. Ha colaborado con numerosos medios de comunicación de Grecia y España, de entre los que destacan FOX, National Geographic, OBS, ERT, Thessalia, Alpha, Cope, El Mundo, Punto Radio, Sky Radio, Makedonía, FOS, 3Tréboles y TVE, entre otros. Naturalista apasionado, trabaja en la defensa y la divulgación de la vida salvaje y la cultura tradicional. Director y co-productor del documental sobre Meteora ‘Monjes en nidos de águilas’ y autor de un libro de recetas de cocina griega. Destaca también su faceta como narrador en la cobertura de eventos deportivos, además de haber desempeñado una importante actividad en el campo empresarial haciendo de puente entre empresas españolas, griegas y chipriotas, incluyendo el sector de las exportaciones comerciales, organización de eventos y la colaboración activa con entidades deportivas.

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Evripidou, un pequeño Bazar de Atenas

Pasear por la calle Evripidou, en pleno corazón de Atenas, es como atravesar un túnel del tiempo mediante en el que nos sumergimos en la ciudad de marcado carácter oriental que fue la capital de los griegos.

Un mundo en el que cada rincón destila un fuerte sabor añejo, medio oculto entre las piedras, reminiscencia de la dominación otomana que tuvo una fuerte influencia sobre la vida cotidiana de los griegos de entonces y que, aún hoy, sigue teniendo sobre una parte importante de la cultura helena. Pararse ante las tiendas de esta calle y aspirar las fragancias que emanan de su interior es, de algún modo, revivir aquella antigua Atenas. Las pirámides de pimentón, cúrcuma, azafrán, comino y un sinfín de colores y olores evocan sensaciones propias de los bazares de Oriente… Incluso cuando los carteles de los productos en griego nos devuelven a la realidad de la ciudad ateniense, ya que lo heleno sigue teniendo una fuerte presencia en la mezcla intercultural que se da en gran parte del Próximo Oriente. De hecho, en la vecina Turquía, aún se puede encontrar algún que otro pequeño puesto en el que los griegos oriundos mantienen en su lengua materna las etiquetas del género, como en el Bazar Egipcio de Estambul.

Tras franquear el recodo que separa Evripídou de la calle Athinás, nos saludan los primeros comercios. Envueltos en los aromas de las hierbas y especias, las estanterías se llenan de otras mercaderías. Velas, carbón, tabaco para narguile, esponjas naturales, jabones especiales, té…. Especialmente coqueta resulta la tiendecita Elixir. Las paredes son armarios de madera cuyos cajones escalan, casi parece que reptan, uno sobre otro, hasta llegar al techo, colmado también de diversos productos que cuelgan como extrañas estalactitas. Y, tras cada uno de esos cajones, un tesoro en forma de hierbas medicinales, té con frutas liofilizadas, aderezos para carnes, remedios milagrosos para diversas afecciones del cuerpo,…. No hay un resquicio por ocupar en toda la estancia, como si todo estuviera perfectamente diseñado con orden milimétrico para estupor del visitante. Casi llega a resultar más sorprendente la capacidad de reacción del dueño, el señor Periklís, ante cualquier requerimiento… – ¿Para la piel?. Sí, creo que este jabón negro con sales del Mar Negro podría resultar un exfoliante natural idóneo.-

Más allá se encuentran las tiendas de los armenios. Básicamente, carnicerías especializadas en soudjouk y pastourmá, dos productos típicos del país caucásico y de gran aceptación al este del Mediterráneo. Originariamente, el pastourmá consiste en una cecina elaborada con carne de camello fuertemente especiada cuyo aderezo no escatima en absoluto la presencia del ajo, y de la sal. Normalmente es raro encontrar pastourmá de camello, siendo más frecuente la preparada a partir de carne de vacuno. Eso sí, existe una amplia gama de cortes y calidades que, evidentemente, repercuten en el precio de un producto que suele figurar entre los mezedes (aperitivos típicos, algo parecido a las tapas españolas) favoritos de muchos griegos. Por su parte, el soudjouk es una salchicha de ternera de color oscuro, casi negro, también de gusto muy fuerte, y que se suele tomar cortada a la plancha acompañada de pan y ensalada para contrarrestar el potente sabor de la carne. Las dos charcuterías armenias, Mirán y Arapián, ambas abiertas desde 1922, ofrecen además una amplia variedad de fiambres, quesos, embutidos y sacos con especias y colorante. Sendos comercios resultan especialmente pintorescos, con las ristras de ajos y guindillas secos colgando del techo y el peculiar aroma que se desprende de las chacinas invadiendo el lugar.

Tras recorrer Evripidou, es más que posible que las sensaciones vividas hayan despertado algo más que la capacidad evocadora de nuestra imaginación, y puede que el estómago también empiece a dejarse escuchar con notoria persistencia. Una buena idea es ir a puede reponer fuerzas a alguna de las numerosas tabernas de la zona…. Ideal para la ocasión Karamanlídika tou Fani, un bistró en el que se complementan la tienda, especializada en quesos y embutidos, con varias mesitas en las que se sirven diversas tapas acompañadas de una apañada lista de bebidas, donde el oúzo, típico aguardiente anisado, ocupa un lugar especial.



De entre las especialidades de la casa, podrá degustar varios tipos de pastourmá, soudjouki, además de ensaladas, platos calientes y una variedad de quesos poco corriente. Un  café griego (ellinikós kafés) supondrá el broche de oro a una completa jornada en la que por momentos habrá parecido que hayamos estado deambulando por una Atenas de otra época.

José María Hernández de la Luna

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Periodista español, viajero empedernido de Grecia y uno de los mayores helenistas y amigo de lo griego (filelinas) que jamás haya existido, posee un vasto conocimiento del paisaje y la historia del país heleno. Ha colaborado con numerosos medios de comunicación de Grecia y España, de entre los que destacan FOX, National Geographic, OBS, ERT, Thessalia, Alpha, Cope, El Mundo, Punto Radio, Sky Radio, Makedonía, FOS, 3Tréboles y TVE, entre otros. Naturalista apasionado, trabaja en la defensa y la divulgación de la vida salvaje y la cultura tradicional. Director y co-productor del documental sobre Meteora ‘Monjes en nidos de águilas’ y autor de un libro de recetas de cocina griega. Destaca también su faceta como narrador en la cobertura de eventos deportivos, además de haber desempeñado una importante actividad en el campo empresarial haciendo de puente entre empresas españolas, griegas y chipriotas, incluyendo el sector de las exportaciones comerciales, organización de eventos y la colaboración activa con entidades deportivas.

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Mi gran Pascua griega

He tenido el inmenso placer de poder disfrutar en varias ocasiones de la Semana Santa en Grecia. Una celebración que, por lo general, no suele coincidir con la católica, al regirse ésta por el calendario gregoriano y la ortodoxa por el juliano. Pero, sin duda alguna, recuerdo con especial cariño la que compartí con unos amigos del barrio de Jalandri cuando vivía en Atenas. Sin llegar a la sobriedad con la que se vive este periodo en las villas más tradicionales de la geografía helena, Atenas aún mantiene un marcado espíritu de respeto por esta fiesta religiosa que forma ya parte intrínseca de la cultura griega.

Una vez transcurrido el tiempo de Cuaresma, precedido por el Kazará Deftera (lunes de ceniza), los griegos se van preparando para celebrar la Pascua Ortodoxa. Poco a poco y según va avanzando la semana tras el Domingo de Ramos, el nivel de intensidad de la vida cotidiana va descendiendo en todas las localidades helenas. El tráfico se hace menos denso de lo habitual, los cafés se ven menos concurridos que de costumbre y las gentes que llenan las calles de ajetreo y algarabía se van recogiendo en sus casas o marchan a sus lugares de origen para celebrar la fiesta en familia.

La mayoría de las bulliciosas calles atenienses, a excepción de aquellas más concurridas del centro de la ciudad, permanecen ahora en una quietud inusitada, como alejadas del mundanal ruido que las domina durante casi todo el año. Como si se tratara de unos servicios mínimos preestablecidos, cada barrio reduce su actividad a la plaza central y algún comercio disperso. La mayoría de restaurantes y tabernas comienzan a cerrar el Jueves Santo, día en el que comienza la preparación de la Pascua. Es también el momento en el que se preparan los famosos huevos de pascua. Estos se cuecen y se pintan de rojo y se reservan para la cena del sábado noche. La costumbre dispone que cada uno ha de coger un huevo y tratar de romper el de los demás, mientras repite Jristós Anesti (Cristo ha resucitado), lo que simboliza la ruptura del sepulcro de Jesús. Quien rompe más huevos se asegura la buena dicha para el resto del año. Se suele aprovechar también esta fecha para elaborar el tradicional tsoureki, el esponjoso y dulce bollo de Pascua.

El Viernes Santo comienzan los oficios. Mujeres y hombres acuden a la iglesia con flores para adornar el féretro de Cristo. Durante la mañana tiene lugar el entierro de Jesús y por la tarde sale la procesión con el Epitafio (el féretro sagrado) recorriendo las calles. Es el día en el que la Semana Santa ortodoxa adquiere su dimensión más dramática, ya que simboliza el descendimiento de la Cruz y el entierro de Jesús. Por lo general dejan de realizarse las labores de la casa, e incluso se evita el tener que cocinar.

El sábado, antes de la media noche, los feligreses comienzan a congregarse alrededor de la iglesia. Recuerdo con especial emotividad aquellos momentos. Todos acudíamos con velas y en silenciosa procesión a las puertas del templo de Panayiás Marmariotissis, en Jalandri. Cada uno portaba una vela apagada que más tarde se encendería a partir de una única vela, la Luz Sagrada, portada por el sacerdote. Una sobrecogedora sensación embargaba la atmósfera reinante en la fresca madrugada primaveral. Mientras Vicky y María me explicaban en voz baja lo que iba aconteciendo.

De pronto, una poderosa voz resonó en la calle – ¡Jristós Anesti! (¡Cristo ha resucitado!) – Exclamó el pope que llevaba la voz cantante. – ¡Alizós Anesti! (¡En verdad ha resucitado!)- Respondió al unísono el gentío allí reunido, al tiempo que daban comienzo las primeras felicitaciones. ‘¡Jristós Anesti!‘.

No se me olvidará nunca aquel grito que quebró la tensión acumulada en las horas previas a la madrugada. Volvimos a casa con nuestras velas prendidas (Según reza la tradición, se realiza una cruz en el exterior del hogar como símbolo de bendición). De vuelta ya en casa nos esperaba la mayiritsa, el elaborado estofado de entresijos de cordero que habían estado preparando la Yiayiá (la abuela) junto con otras mujeres durante las horas previas. He de decir que con la gazuza que hacía a aquellas alturas de la jornada, lo sabroso y caliente del guiso formaron una perfecta simbiosis con mi agradecido estómago. Ahí comprendí mejor que nunca, y no sin cierta ironía, aquello de ‘estómago agradecido’, ya que es justo reconocer que yo también puse mi humilde granito de arena al colaborar activamente en la preparación de la tradicional vianda pascual.

La llegada del Domingo de Resurrección me sorprendió temprano por la mañana. En realidad, más pronto de que lo que hubiera esperado o deseado. Y es que había llegado el momento de preparar los típicos asados al espeto o, lo que es lo mismo, arní stin souvla (cordero al pincho) y kokoretsi (casquería, generalmente hígados de cordero, enrollados en intestinos, algo parecido a los zarajos manchegos).

Ya desde las primeras horas del día los jardines de las casas circundantes desprendían ese untuoso aroma que desprende la carne de cordero al asarse poco a poco, lo que animaba a ponerse manos a la obra. Despejado el terreno para la faena, el cabeza de familia, Nikos, dispuso todo lo necesario para que fuera asando el cordero, de una pieza, en el gallinero. Ahí se ubicaría mi lugar de trabajo. En el gallinero. Muy apropiado, dada la ocasión. Cuando ya habían pasado varias horas y apenas sentía mi brazo de tanto darle vueltas al asado, llegó Giorgos para relevarme, cosa que agradecí enormemente, pues me encontraba en una difícil situación empujando un brazo que se movía más por inercia que por otra cosa y con la responsabilidad de quien lleva el peso del plato principal que alimentará a todos los comensales. Y así, aquella perdida pero digna mirada que pedía auxilio oteando el horizonte, fue socorrida al fin, con gran alivio por mi parte. Me dirigí a preparar la sangría (algún toque español había que dar al banquete), lo que me sirvió de excusa para no volver a acercarme a tres metros del cordero. Mientras, en lontananza, vislumbraba a mi salvador, mi ‘Atlas’ particular, sosteniendo todo el peso del trabajo, con más tedio que vergüenza.

Al final, todo salió a pedir de boca, y nunca mejor dicho. Disfrutamos, comimos, bebimos y compartimos en lo que era la culminación de una de las celebraciones más importantes del calendario griego, la Pascua ortodoxa. Sin duda alguna, merece la pena vivir esta experiencia en la que se mezclan la festividad religiosa y el fervor espiritual con la tradición popular y si puede ser rodeado de familia y amigos, mejor.

¡Kaló Pasja!

José María Hernández de la Luna

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El Queso Feta

El queso por antonomasia de Grecia, el queso feta o la feta (loncha o tajada), es un producto presente en toda mesa griega que se precie y uno de los ingredientes principales de la ensalada joriátiki, además de ser afamado protagonista de varios platos típicos de la gastronomía helena, como el feta sjaras o la tyrópita, y un sinnúmero de tapas o mezedes. De hecho, no hay mejor acompañamiento para una jugosa y refrescante ensalada de tomate y aceitunas que la feta. Resulta también ineludible en el crujiente dakos, ese clásico de la cocina cretense y del Dodecaneso consistente en pan cretense (paximadi) con tomate, queso y aceite de oliva, y que sirve de almuerzo ideal acompañado de un buen vaso de vino blanco.

El queso feta es un lácteo blando, blanco y sin piel, que se sumerge fresco en una salmuera, lo que le da el típico gusto salado. Originalmente se elabora a partir de leche cruda de oveja o mezclada con leche de cabra (hasta un 30%), requisito sin el cual no puede acogerse a la protección de la D.O. que obtuvo Grecia en el año 2002. A pesar de ello, otros países continúan elaborando sucedáneos de queso feta empleando leche de vaca, si bien la denominación de ‘feta’ como tal se restringe exclusivamente a aquellos productos elaborados según la normativa europea vigente y dentro del territorio heleno. Así, los fabricantes que no se atienen a la norma pueden obtener productos de aceptación en el mercado global, pero que no cuentan con el reconocimiento del auténtico queso griego.

Éste ha de tener unas determinadas características, textura algo grasa, aroma ligeramente ácido, sabroso al paladar, que lo convierten en un producto único. Obviamente, existen matices, ya que puede haberlo con mayor sabor a leche de cabra, levemente picante, más o menos blando, etc., pero al introducirlo en la boca, el queso feta griego tiene un gusto definido, muy particular e inconfundible.

Tradicionalmente se vende en las tiendas al peso. Los maestros queseros extraen los cortes de los bloques que chorrean la salmuera en la que son conservados; los más ilustres, en la barriga de un barril de madera. Los más humildes, en recipientes de hojalata.

Con el paso de los años, la industria moderna ha conseguido comercializar el queso feta hasta llegar a supermercados y establecimientos convencionales, que expenden raciones empaquetadas en forma de tabletas, tarros de cristal con feta en cubos y una solución de hierbas aromáticas y aceite, e incluso porciones más grandes en envases de latón.

El queso feta se elabora en la casi totalidad de la geografía griega, destacando la producción de Tesalia, Épiro, Grecia Central, Macedonia, Tracia, Peloponeso y la isla de Lesbos. Regiones en las que las granjas productoras van recogiendo la leche de los ganaderos locales, como quien recoge una herencia del pasado y mantiene la tradición empleando unos métodos cuyos orígenes, al igual que el producto final, el queso, se remontan cientos de años en la historia perdiéndose en el tiempo.

José María Hernández de la Luna

José María Hernández de la Luna

José María Hernández de la Luna

Periodista español, viajero empedernido de Grecia y uno de los mayores helenistas y amigo de lo griego (filelinas) que jamás haya existido, posee un vasto conocimiento del paisaje y la historia del país heleno. Ha colaborado con numerosos medios de comunicación de Grecia y España, de entre los que destacan FOX, National Geographic, OBS, ERT, Thessalia, Alpha, Cope, El Mundo, Punto Radio, Sky Radio, Makedonía, FOS, 3Tréboles y TVE, entre otros. Naturalista apasionado, trabaja en la defensa y la divulgación de la vida salvaje y la cultura tradicional. Director y co-productor del documental sobre Meteora ‘Monjes en nidos de águilas’ y autor de un libro de recetas de cocina griega. Destaca también su faceta como narrador en la cobertura de eventos deportivos, además de haber desempeñado una importante actividad en el campo empresarial haciendo de puente entre empresas españolas, griegas y chipriotas, incluyendo el sector de las exportaciones comerciales, organización de eventos y la colaboración activa con entidades deportivas.

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